martes, 26 de junio de 2012

Confesiones de un daltónico.

            Estás viendo un documental típico de la 2, sobre el color rosa y sus propiedades cuando, de repente, empiezan a hablar del color azul. Te vuelves loco, no entiendes nada, hasta que llega tu compañero de piso, que ya te va conociendo y te dice: "hace un rato que no hay nada rosa en la pantalla". 


               En este momento caes en la cuenta de que tu problema con los colores es mucho más grave de lo que creías. Tan grave, tan grave, que te dan ganas de ponerte un cartel en la frente de "Peligro, soy daltónico" por si a alguien se le ocurriese pedirte desactivar una bomba o cosas de esas que suelen ocurrir un domingo por la mañana. ¡Trrrrrt chassss!


              Sí amigos, por si alguno de los tres o cuatro que vais a leer esto aún no lo sabíais, soy daltónico y aunque hay excepciones, por lo general es un fastidio.



             No es algo que se suela ir pregonando y cuando se lo comentas a alguien, la reacción más común suele ser desarrollar una ferviente necesidad de saber más. Con los ojos fuera de órbita y la mandíbula desencajada, el sujeto comienza a mover la cabeza en todas direcciones, buscando algún objeto de un color definido, o preferentemente que contenga distintos colores para ahorrar tiempo; ya sea el estuche de rotuladores Carioca, un bote de lacasitos, distintas partes del escote del vestido... todo vale para someterte a continuación al test de tu vida: "Y esto, ¿de qué color es?"



           Os aseguro que he conocido a verdaderas profesionales. Después de horas de tests y con google a mano, me han llegado a diagnosticar que vengo a ser lo que se denomina un tricromático anómalo. Parece que es el caso más extendido, bastante más leve que el dicromático, pero después de lo del documental de esta tarde, no me fío un pelo. Habrá que volver a examinarse.



           Como en cualquier problema de cognición, debes ejercer continuamente un acto de fe y aceptar que las cosas son como te cuentan que son, pero... ¡Qué demonios! ¡Os inventáis los colores! No es la primera vez que para asegurarte de no cometer "errores", debes acudir a algún referente externo para que corrobore tu suposición del color al que te estás enfrentando, y cuando le haces la eterna pregunta: "Y esto, ¿de qué color es?" (Siempre intentas aportar información... te lo tomas como un reto y sueltas algo del estilo: "esto es de color X, ¿no?) Te contesta: "Sí... es azul... azul o verde. Verde azulado... como turquesa..." o "es rosa, rosa muy claro muy claro, rosa... salmón"



         O directamente, alguna señora, inmune por tanto a este fenómeno, con dos dedos de vergüenza y un poco de frente, te reconoce que no sabría decirte de qué color se trata. ¡Atajo de locos! No somos daltónicos, lo que ocurre es que nos resistimos a caer bajo el yugo de la colección primavera-verano de El Corte Inglés y a tomar la hipocresía y el engaño como forma de vida. ¡A tomar por saco siglos de investigación al respecto! ¡El daltonismo y los colores "absolutos" son los padres! ¡Acoged vuestros propios colores y absteneos de interrogarnos, a menos que llevéis vestidos de colorines!





          Para despedirme, os dejo con esta obra de arte recién confeccionada y os hacéis una idea de mi mundo: Pintarrajos azules sobre fondo negro firmado en verde.

jueves, 14 de junio de 2012

De mayor quiero ser músico. Fetén Fetén.

                      Justo cuando estás envalentonado y te crees capaz de hacer uso de la música sin personaje argentino de por medio, haces una pausa, te preparas un té, enciendes la tele y te encuentras en los conciertos de Radio 3,  a Don Diego Galaz, con otro magnífico músico al que no terminaba de reconocer. Resultó ser Jorge Arribas. Juntos forman "Fetén Fetén".


                 Bien podrían estar dándote un concierto cada uno, al mismo tiempo. Mientras te cuentan una historia en cada canción sin decir una palabra, te absorben el coco. Como encantadores de serpientes te dejan embobado con cara de imbécil,  y lo poco de consciente que te queda, se encarga de dejarte bien claro que jamás les llegarás a la suela del zapato. 


                       Si,si... Fetén Fetén, ¡pero malditos sean!






(Si eres persona ocupada, escucha al menos "Vals para Amelia" a partir del minuto 12:45)

viernes, 8 de junio de 2012

Sin Pelos en los Brazos. Génesis.

                      

                       Tras cerca de un año sin portar por aquí, he vuelto. ¿El motivo? Resulta que con el hocico caliente por algo que creía una tomadura de pelo, no excesivamente grave, pero sí directa y desvergonzada, me disponía a recobrar los mandos de esta nave de la información, (Está sin rodaje pero funciona de lujo; magnífico) con el fin de no hacer otra cosa más que descargar mi ira sobre una bellísima persona que tanto me ha tocado la moral estas semanas. Ahora, parece que todo fue un mal entendido, aunque no descarto volver a la carga. Espero no sea necesario.

                       Pues bien, ya que no es de buen guerrero nipón desenvainar la espada y no pegarle un tajo a alguien, me voy a hacer el harakiri con una katana forjada en helado hacendado de chocolate con trocitos. Sí sí, del caro, del envase de medio litro.

                       Voy a explicar lo que prometí en la primera y última entrada del blog hasta el momento: ¿Por qué narices usar el nombre de "Sin Pelos en los Brazos"?

                       Y claro, llegados a este punto, vosotros, lectores avispados pensáis: "Este tio... hila fino... No va a dejar títere sin cabeza, va a salvar el mundo desde su sillón arremetiendo contra cualquier injusticia y Sin Pelos en la Lengua está pillado fijo. Hila fino, y es cutre. Mucho. ¡¡Pero nada mas lejos de la realidad!! -Léase con agitación de brazos al más puro estilo de Tamariz-



        He aquí el misterio:






                        Vale, la cámara deja mucho que desear, pero creedme cuando os digo que están peladitos peladitos. Y bueno, ahora viene la historia, ¿no? Que si de pequeño se metió en una marmita llena de crema depilatoria... Que si cuando iba a la playa se ponía los manguitos dos tallas menos para marcar y luego ha pasado lo que tenía que pasar... Pues nada nada, no hay historia. Soy pelón de extremidades superiores. Culpa de mis genes. Eso es todo. 

                    Y si alguien no da crédito, le animo encarecidamente a que venga y me chupe los brazos cuando quiera. ¡Están salaos! Sobre todo las tardes de verano.






Sin más, me vuelvo a despedir hasta la próxima, amigos. Si la hay, espero que no sea dentro de otro año. ¡Ale!